sábado, 21 de abril de 2012

Disculpe las Molestias, pero Usted Me Gusta Mucho

Santiago, 22 de Abril de 2012

Mi estimado:
Lamento que mi reciente alejamiento a la literatura y mi falta de diálogo con el lápiz últimamente, no me permitan escribirle tan bonito como se merece, pero haré mi mejor esfuerzo por transmitirle esto tan especial que usted me inspira.

Le cuento que desde que le conocí, me pareció un hombre excepcional, aunque nunca le miré con otros ojos hasta aquella noche en la que descubrí que usted era un gran besador, llevándome una gran sorpresa, pues jamás imaginé encontrarme en dicha situación con su persona.

Quiero confesarle que esa noche usted me flechó, quizás no lo notó pues mis mejillas delatoras se encontraban anónimas tras un antifaz, o tal vez si lo hizo, cuando seguramente sintió una risita ahogada en mi barriga, en aquellos momentos cuando juntamos nuestros cuerpos en una especie de abrazo para contonearlos al ritmo de las cumbias en aquella fiesta universitaria donde el Ello se hizo respetar.

Yo no se si usted habrá sentido lo mismo, pero de todas formas quiero extenderle la invitación a escudriñar en mi mente y mi memoria, pues es el anhelo de mi corazón poder darme a conocer ante usted, y que se de cuenta que estoy dispuesta a hacerle muy feliz.

Si no tiene problemas, también me gustaría poder conocerle y seguir descubriendo acerca de sus cualidades, sin ningún compromiso, dado que mi intención es descubrir un nuevo universo.

Humildemente solicito un poquito de su buena onda y su amistad, me imagino que podríamos pasarla muy bien y tener muchos momentos y días que atesorar en el corazón.

Espero que esta pequeña carta haya sido de su agrado, que no le haya quitado mucho tiempo y disculpe las molestias, pero usted me gusta mucho...


Aquella que siempre le mira desde lejos, en los pasillos de la escuela
Giannina.

P.S: Su presencia en mi día, lo mejora completamente, pues gustar de usted hace que me comporte como una quinceañera.

domingo, 10 de julio de 2011

Sirena

Al principio una se sumergió en ese mar, y le encantó. Las cualidades del océano eran tan placenteras, sentir esa sensación de estar en el espacio, en un lugar con distinta gravedad, y nadar. Abrir los ojos y ver figuras medias deformadas, sentir la cabeza abombada, y oídos que apenas pueden percibir ruidos externos a esa realidad. Eso pasó.
Pero en un momento el oxígeno necesitaba renovarse. No quería salir de ahí, me sentía diferente en ese contexto, pero la incomodidad de necesitar aire era más fuerte, comencé a debilitarme, cada vez más y más, hasta que me fue imperioso salir a la superficie. Cuando lo logré, el placer de poder recuperar el aliento fue incluso mayor al que sentí estando en el agua. Volví a mi lugar, y me di cuenta de que por muy cómoda me sintiera, no puedo pretender ser sirena, aunque la verdad, jamás quise serlo...

Untitled 1 (Por editar)

Apareció de pronto bajo un árbol, de noche. Entre las ramas podían verse algunas estrellas que titilaban radiantes, cada una a su propio ritmo. Esa escena le tranquilizaba, aunque pronto se percató que no estaba en el lugar al cual pertenecía. Se levantó rápidamente y comenzó a correr, como buscando un camino que le llevara a su territorio, aunque no sabía con certeza hacia dónde se dirigía.
Siguió corriendo a través del prado, mirando de vez en cuando hacia atrás para saber cuánto se había alejado del árbol, hasta que llegó un punto en el que ya no podía verlo, la línea del horizonte lo había hecho desaparecer. En ese momento se detuvo, estaba sólo, perdido, en medio de la nada. El miedo lo invadía y se hacía presente en cada uno de sus pensamientos, impidiéndole reaccionar por un tiempo, llevándolo al colapso físico, donde su cuerpo automáticamente se apagó.
Antes de que pudiese abrir los ojos nuevamente, sintió cierto sabor a tierra. Cuando al fin pudo abrirlos, sólo pudo verse dentro de una fosa, desde donde podía divisar 5 sombras masculinas que hablaban en una lengua que él jamás había escuchado. Intentó gritarles, pero en cuanto abrió su boca de ella emanaron extraños insectos, que se fueron ubicando en cada rincón de su cuerpo. Quiso removerlos, pero en ese mismo instante se dio cuenta de que sus manos y pies habían sido atados, y que por más que lo intentara, no podía liberarse.
Los insectos comenzaron a roer sus carnes, dibujando en su humanidad el mapa de sus pecados. Pero ni siquiera podía gritar de la desesperación ni del dolor, pues sabía que más bicharracos podían salir de sus fauces. Una vez que los insectos terminaron su labor, una de las sombras comenzó a rellenar de tierra la fosa en la que se encontraba, provocando más dolor a sus heridas frescas.
El dolor, la desesperación y el miedo, terminaron por hacerlo perder la conciencia otra vez, pero apenas cayó en ese estado, volvió a despertar sobresaltado y tomando una gran bocanada de aire. Estaba nuevamente en su cómoda habitación...